La vida “hámster” de un CEO, edición 2018.

Por Julian Veron | Fundador y CEO de AdSchool | Linkedin

Termina el año, diciembre es época de balances, resumen y replanteos de cara a un nuevo año por comenzar. Iba a titular la nota con algo más políticamente correcto como “La vorágine del año que termina”, pero por esas casualidades de la vida digital tope con un historia de Instagram en la cual de manera sabia se trazaba un paralelismo entre las constantes de la agenda apretada del ser humano y el frenesí demostrado por estos simpáticos animalitos que corretean en un cubículo.

El comentario decía algo así como: “cuando vos sos hámster no tenes buena visión de las cosas porque vas corriendo a todas puntas”. Automáticamente me sentí identificado mental y químicamente con esta equivalencia, que lejos de ser una hipérbole, demuestra el día a día de aquellos que queremos alcanzar objetivos, metas y obligaciones que plasman nuestras realidades como responsables únicos de la vida de una organización (o varias organizaciones a la vez, en simultaneo, y en diferentes usos horarios) y nos olvidamos de que somos una entidad que precisa atención propia, tiempo para vernos, sentirnos, reírnos y compartir.

A las 00:01 Hs del 1 de enero de 2018, pedí mis tradicionales deseos en el brindis, la ya clásica “salud, dinero y amor”. La realidad es que durante el año recibí resfríos por el aire o la calefacción de la oficina (lugar que muchas veces son aeropuertos y aviones), una súper devaluación que encareció los gastos operativos, y respecto al amor se limito a una invitación a concurrir a un día de SPA en un club de campo que termine cediendo a otra persona por no contar con tiempo para asistir.

En lo personal, tengo la convicción de que las responsabilidades no se delegan, podemos hacerlo con las tareas, pero aún así debemos ejercer un control porque somos los únicos que respondemos de igual manera ante el fracaso o el éxito. En un contexto tan exigente como el que se vive, el error por mas mínimo que sea puede ser una sentencia de muerte organizacional, eso conlleva a que extrememos los mecanismos de monitoreo y hagamos mucho hincapié en potenciar a las personas que tenemos a cargo, contenerlos como hermanos y ejercer en ellos una figura de liderazgo para garantizarles que las persona que los tiene a cargo todavía conserva la cabeza sobre sus hombros. Es por eso que este año me di a la tarea de responder a una abultada agenda de auto compromiso para lograrlo, no deje nada librado al azar, todo salió como se planifico, y si por alguna razón hubo que recalcular pasos, se lo hizo.

Para lograr lo anteriormente dicho, hubo que ceder cosas tan básicas como necesarias para conformar a la responsabilidad, dentro de lo cedido encabeza la lista las horas que sueño, que fueron pocas y en varios casos con camas que no volvería a sentir. Le siguen de cerca compartir momentos cada vez más escasos con aquellas personas que quiero y no forman parte de mi exigencia diaria, verlos poco y darme cuenta cómo crecen mis sobrinos en comparación al último recuerdo que tengo de ellos, o como le creció la panza a un amigo por ejemplo.

Dicho esto, repase todo lo que viví en el año: estar como un loco preso de la tiranía del tiempo que nos corre con un zapato en mano, a eso se limito. No tengo otro recuerdo, otra emoción. No me quedo el sabor dulce de los éxitos, tampoco la enseñanza de las derrotas. No está en mí un momento gracioso que hubiese sucedido. Fue eso, vida de Hámster, sin poder ver bien por estar corriendo a todas puntas en un cubículo de responsabilidades y obligaciones, de las que no me quejo, al contrario, estoy agradecido a la vida por ponérmelas en el camino.

Lejos de decir que fue un mal año, puedo garantizar que fue uno más, un año que sucedió sin darme cuenta. Por más de tener una visión de domo de seguridad, poco pude entender lo que observaba si no se trataba de una toma de decisiones para evaluar riesgos u oportunidades.

Hasta ahora la narrativa es negativa, no?, por suerte el destino da revancha, recompensa, y el balance arroja sus números. El primero un agradecimiento por email de las aerolíneas recordándome por confiar en ellos con la sumatoria de millas, luego el de los gentiles posaderos que me recibieron durante estos días augurándome verme pronto y en motivos más felices como vacaciones (ya no recuerdo como eran), realmente poco suman estas dos intervenciones, pero suman.

Las más importantes fueron las comunicaciones de los que dependen de mi aislamiento y comportamiento de hámster, mis colaboradores de cada rincón agradeciéndome lo atento que estuve a ellos y no dejarlos, conservar sus posiciones a pesar de las nuevas malas de la economía y renovándome sus votos de confianza como líder, algo que comencé a aprender hace mucho tiempo, y todos los días me obliga a incorporar nuevas enseñanzas. Luego me llena de emoción el hecho de hablar con mis sobrinos y saber que compartirán muchos días en diciembre conmigo, voy a verlos engordar minuto a minuto tanto como ellos a mi.

Esto ejercicio me hizo recobrar el sentido, abrir los ojos no tan solo para ver que hay en agenda, sino para verme a mi mismo, que pese a estar poseído por la rutina cambiante no abandone la condición humana y mi propia esencia.

Fue así que agarre el celular, me conduje al “insta”, me puse al día con las novedades de mis conocidos, y me tope con aquel poeta anónimo que en el contexto de recordarle a su hija que lo que el desenfreno de las responsabilidades ejerce no es bueno, nos hace comer mal, nos hace dormir mal, y nos deja la mirada aturdida sin poder ver. Ese acto de amor se redujo a la anécdota del “hámster”, que se concateno con lo que sentía y quería escribir, pude verlo y escucharlo, entenderlo y mimetizarme. Brindo por el héroe digital que se cruzo con esa intervención ideal y se la agradezco mucho, también por todos los hámsteres humanizados que estamos de pie.

Feliz Año!

 

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