Inflación de agosto: 3,9%

La devaluación -traducido en criollo: la desconfianza del mercado hacia la economía argentina- continúa pese al acuerdo con el FMI y a los frustrados intentos del Banco Central por calmar al dólar.Sus últimos efectos se confirman en la inflación de agosto, que ayer anunció el Indec: 3,9%, el indicador más alto en 28 meses. Con el nuevo dato, el incremento de precios ya acumula una suba interanual del 34,4%.

De la carne al pan y el resto de los alimentos, pasando por los combustibles, las tarifas y el transporte, por solo citar algunos bienes y servicios, todos se han movido al ritmo del dólar.El escenario se agrava de cara a septiembre, mes para el que ya se proyecta una inflación de hasta el 6% y los pronósticos hablan de un piso del 42% para fin de año.

Mientras, el dólar no encuentra techo: ayer cerró en un récord histórico de $40,24. Pero el Gobierno continúa subestimando la crisis y sus consecuencias: el proyecto del presupuesto 2019, que anticipa un ajuste mayor al actual, ubicaría el dólar del año que viene en $42, es decir apenas dos pesos de suba promedio para los próximos 16 meses. No resulta creíble, teniendo en cuenta que el Gobierno busca reacomodar el tipo de cambio en sintonía con la inflación, y, como último manotazo de ahogado, hasta se rumorea la vuelta de la convertibilidad (Ver aparte). Todo contribuye a la falta de confianza en el rumbo económico y al descreimiento en la moneda local.

En este escenario, en el que quien intenta producir en lugar de especular pareciera ser un gil, quienes pueden ahorran en dólares o los fugan, sin ningún tipo de control. Giramos así en la calesita del fracaso: la bicicleta financiera que acelera el déficit, demanda los dólares que no tenemos, genera más deuda, devaluación e inflación. El Gobierno, armador de ese combo, encuentra en él la justificación del ajuste. Y entonces, millones van quedando en el camino: asalariados que quizá nunca tuvieron un dólar, pero que cobran en pesos y deben batallar con ellos en una economía dolarizada como la nuestra.

Hoy, el poder de compra de los trabajadores es el peor en 8 años, reveló el Instituto Estadístico de los Trabajadores, cuya medición inflacionaria de agosto se ubicó en el 4,3%. Otra cifra aporta a la crudeza de esta catástrofe social en la que nos vamos sumiendo: más de la mitad de los trabajadores se hunden debajo de la línea de la pobreza.

En tanto, en este vertiginoso traslado de la devaluación a los precios, que impacta en los combustibles y que mañana se verá reflejado, por ejemplo, en nuevos incrementos en el transporte, el único atenuante podría llegar por la vía de la recesión: pues, con el consumo congelado, es probable que los comerciantes no remarquen tanto sus precios. Antes que no vender, prefieren perder.