Huérfanas por el coronavirus: cuatro chicas pelean por su futuro

Martina duerme en el pecho de su tía Esther. La hermana mayor de su mamá la envuelve con sus brazos y la acuna. La tía guardó un secreto que la atormenta. Confiesa, entre sollozos, que no pudo contarle a su familia algo que de tan horrible parecía irreal. “Tu hermana se va a morir”, le había dicho el médico de terapia intensiva del hospital Rawson de San Juan. Y ocurrió.

Cecilia Rivas (38) murió por Covid el 13 de junio del 2021. Tres semanas después de parir a Martina, la beba que hoy va de brazo en brazo. “Es un milagro”, asegura la abuela Mirta, quien la cría con devoción, junto a sus tres hermanas.

En menos de un mes, Tamara (20), Giuliana (17), Mia (11) y la pequeña Martina quedaron huérfanas por la pandemia. El marido de Cecilia y papá de las chicas, Rodolfo Guevara (40), falleció dos semanas antes que su mujer, también por el virus. Alcanzó a saber del nacimiento prematuro de la beba (con 36 semanas de gestación), cuando Cecilia fue internada con problemas respiratorios y le realizaron una cesárea.

Ceci y Fito, como los llamaban, no estaban vacunados. El estricto protocolo Covid del hospital impidió el contacto de la madre y el padre con la beba. La mamá alcanzó a oír el llanto de su hija recién nacida durante el parto, pero no pudo verla. La pareja murió sin conocer a Martina.

La beba fue trasladada a terapia de neonatología. Había un antecedente que obligada a actuar con rapidez. Los médicos que habían atendido el embarazo de Cecilia aseguraban, basándose en exámenes prenatales, que la criatura tenía una hernia diafragmática. Eso angustiaba mucho a la mamá.

“Iba a controles y se hacía las radiografías en el hospital. Creemos que ahí se contagió”, dice Tamara.

Con solo 20 años, la hija mayor acompañó la agonía de sus padres. “Nos tuvimos que hacer grandes de repente”, admite.

Ahora Tamara trabaja en una zapatería y Giuliana consiguió empleo en un supermercado. En las horas libres, ayudan a cuidar a Mia, que cursa sexto grado en la escuela Paula Albarracín de Sarmiento. La nena de 11 años era la mimada de la casa. “Yo pedía un hermanito y llegó Martina”, dice Mia, en la charla con Viva en San Juan.

Luchar en familia

Desde que fallecieron los padres, las hermanas comparten casa con la abuela Mirta y su esposo Rolando, en el barrio Fanzolato Sur, en el municipio de Rawson.

Es una barriada nueva del Gran San Juan. Fue construida con créditos del Instituto Provincial de la Vivienda del gobierno provincial. Una casa al lado de la otra. Algunas viviendas todavía están en obras. El barrio es tranquilo, con calles de tierra, sin árboles ni jardines, pero tiene una vista imponente a la cordillera de los Andes.

Cecilia y Rodolfo esperaron muchos años hasta cumplir el sueño de la casa propia. Cuando se conocieron, ella tenía 16 y él, 18. Vivieron en casa de la abuela Mirta, la madre de Rodolfo. En 2008, ya con las dos primeras hijas, se mudaron a General Cabrera, cerca de Río Cuarto, en Córdoba. Rodolfo trabajaba de camionero: llevaba contenedores con maní hacia Buenos Aires.

En Córdoba nació Mia. Eran dichosos con la vida que llevaban, pero siempre añoraban volver a San Juan. En 2016, decidieron regresar y esperar el turno para acceder a una vivienda social. Lo consiguieron en mayo de 2020, un año antes de contagiarse.

“Cuando nos mudamos a esta casa, mi papá había vuelto a trabajar a Córdoba”, recuerda Tamara. Los primeros meses de la pandemia, las chicas estuvieron solas con la mamá. “Nos cuidábamos del virus, pero nunca tomás conciencia de lo grave que puede ser hasta que te ocurre”, dice Giuliana.

En la casa hay fotos de la vida antes del virus. En una imagen, la más viralizada por amigos y familiares que pedían rezar por ellos, aparece el matrimonio y sus tres hijas mayores bordo de la camioneta utilitaria que manejaba Rodolfo.

La selfie fue tomada el 12 de febrero del 2021. Los cinco sonríen y hacen muecas. Regresaban de comer un asado en la casa de Patricia, una de las hermanas de Cecilia. “Esa tarde hubo chaya porque era tiempo de carnaval. Nos divertimos muchísimo, estábamos felices de volver a vernos después de tantos meses aislados”, apunta la tía Esther.

Amor adolescente

Ceci y Fito se conocieron en el municipio de Chimbas, en el norte del Gran San Juan. Un amigo de Rodolfo los presentó. “Un día, abro la puerta y veo a mi hijo que trae a la niñita con un bolso”, describe Mirta.

La cosa iba en serio: Rodolfo presentó a Cecilia como su novia y contó que había hablado con los padres de ella para que los dejaran vivir juntos.

“Nos llevamos bien desde un principio. Era muy guapa, me ayudaba en todo. La quería como si fuera mi hija”, se emociona la abuela.

Mirta se encarga del cuidado de Martina. La mujer llora por los rincones entre cambios de pañales y mamaderas. Su pena es desgarradora. El mismo día que murió su hijo, también falleció por Covid su hermano Enrique Montecino (71), quien padecía Parkinson. Lo había criado como a un hijo más. “Si no fuera por Martina y las niñas, no sé qué sería de mí”, confiesa la abuela.

El drama

Como el viento Zonda cuyano, que arrastra todo lo que toca, el Covid fue destruyendo a su paso la vida de esta familia. Al drama de Cecilia internada, sin recuperación, se sumó el frágil estado de Rodolfo, quien murió en su casa, donde cursó la enfermedad.

“No quiso ir a un hospital porque temía que lo dejaran internado y no le permitieran ver a Martina, que ya había nacido”, dice Tamara. Acumulaba antecedentes para ser considerado un paciente de riesgo: era obeso, diabético y tenía neumonía bilateral.

Domingo por la tarde. A Rodolfo le costaba respirar. Su hija Tamara llamó a una ambulancia de un servicio privado. “Papá estaba en la cama, colorado, hinchado. Me puse detrás suyo y le sostuve la cabeza para ayudarlo a respirar”, relata. Cuando ingresó el médico de la ambulancia, a Rodolfo le acababa de dar un infarto.

“El médico se quedó quieto, parado en la puerta”, describe Tamara. Ella comenzó a hacerle masajes cardíacos a su padre, mientras el médico iba a buscar unas inyecciones y un pequeño tanque de oxígeno. Pero cuando regresó, ya era demasiado tarde.

La escena es terrible: las chicas lloran a su papá. El médico y su asistente acomodan el cuerpo de Rodolfo en la cama. Y se van. Tamara cuenta: “Nos dijeron que llamásemos a la Policía porque papá había muerto en casa. Estábamos solas y tuvimos que buscar a otro médico para que hiciera el certificado de defunción. Fue horrible”.

El milagro

El día que Cecilia supo que estaba embarazada pareció una escena de sitcom. Fue en noviembre del año pasado. Por la mañana, notó que le daba asco el mate, hasta entonces su colación favorita. Llevaba unos días de atraso de la menstruación.

Tamara decidió salir a comprar un test de embarazo. Volvió a casa, donde estaba Rodolfo con las otras nenas. Cecilia se metió al baño y Giuliana detrás. “Mamá salió llorando, papá se reía”, recuerda Tamara. Y Esther aclara: “A mi hermana le parecía una tragedia porque Fito no tenía empleo”. Él había perdido el trabajo de transportista como consecuencia de la pandemia.

De la sorpresa pasaron a la ilusión: “¿Y si viene el primer varón?”, preguntó Ceci a sus hijas. Fito, en cambio, acertó: “Vas a tener otra chancleta”.

Cecilia trabajaba como personal de limpieza en una clínica. Una prima le propuso comprar una máquina de coser para hacer batas para los hospitales y generar otro ingreso. Se atendía en el centro de salud Las Margaritas, en la ciudad de San Juan.

El embarazo transcurrió con normalidad hasta abril, cuando hubo un brote de coronavirus en el taller de costura. Creyeron que Giuliana, la segunda hija, se había contagiado. Su mamá la llevó a hisopar pero el resultado dio negativo. Dos semanas después, fue Cecilia, embarazada de 7 meses y medio, quien empezó con fiebre.

“No sabemos cómo ni dónde se contagió, pero ella fue al hospital Rawson a realizarse una ecografía porque los médicos decían que la beba –que aún estaba en el vientre– tenía una hernia de tórax”.

El matrimonio estaba muy afligido porque pensaba que, apenas nacida, la beba tendría que ser operada. El jueves 13 de mayo, Cecilia se hizo el hisopado y dio positivo. El domingo 17, su salud empeoró y Tamara la llevó a una salita cercana, pero no la quisieron atender.

“Mi papá –que tampoco se sentía bien– me dijo que llevara a mamá al hospital. Ella estaba agachada, tenía tos, fiebre y empezó a perder líquido, había roto bolsa”, dice Tamara.

Cuando llegaron al hospital Rawson –el principal centro médico estatal– había tanta gente que debieron esperar afuera. Hacía mucho frío. Insistieron, rogaron que era urgente y por fin la dejaron pasar. Cecilia ingresó sola a la guardia porque era Covid positivo. Dos horas más tarde, el custodio del hospital llamó a Tamara para decirle que su mamá había “tenido familia”.

La hija buscó el bolso con la ropa de Martina. Al volver al hospital, le permitieron ingresar a la habitación con su mamá, pero no podía volver a salir porque estaba en zona Covid.

Una enfermera alcanzó a contarles que la hernia de tórax de Martina “no estaba”. Les dijo que ya no era necesario operarla de urgencia, asegura la familia. “Fue un verdadero milagro”, dicen convencidas Esther y Mary, las hermanas de Cecilia.

La agonía Tamara acompañó a su mamá en una sala del hospital Rawson durante dos días. Cecilia nunca estuvo en contacto con su beba. “La escuché llorar y se la llevaron”, le contó a Tamara.

Tres días después, la mujer empeoró. “Temblaba, le costaba respirar, le tomé la saturación de oxígeno y estaba en 42”, dice la hija.

Cecilia fue trasladada a terapia. En su teléfono quedaron grabados los mensajes de WhatsApp con Rodolfo: “A la bebé le quitaron el respirador y mañana la pasan a terapia intermedia. Tené paciencia que ya vamos a estar todos juntos”, la alentó su esposo. Ella respondió: “No doy más”.

Esther se comunicó por teléfono justo antes de que Cecilia fuera intubada. “Logré que atendiera una videollamada. Le costaba mucho hablar. Estaba con una máscara de oxígeno”, recuerda.

Cecilia permaneció una semana con respiración mecánica asistida y murió por una falla multiorgánica. Persisten las dudas sobre la atención que recibió cuando dio positivo el 13 de mayo.

“Nos llamó la atención que su ginecólogo no la haya medicado cuando empezó a sentirse mal”, cuestiona Esther. Y cuenta: “No llegaron a hacerle una traqueotomía. El médico me dijo que igual se iba a morir”.

La angustia aumentó cuando quisieron velarla. La funeraria no lo permitió porque el certificado decía “muerte por Covid”. Hubo una discusión entre los enfermeros que llevaban el cuerpo de Cecilia a la morgue y, finalmente, permitieron que su hija y sus hermanas la vieran.

“Nos dijeron que en el estado en que estaba –le habían dejado la sonda nasogástrica- no podíamos velarla”, relata Esther.

Para las hijas, la ausencia de mamá y papá es atroz. “Fue todo muy rápido y no pudimos hacer el duelo. Tenemos días y días”, dice Tamara.

Giuliana baja la mirada, trata de buscar las palabras para expresar su dolor: “La vida es muy injusta, murieron de una manera que no merecían. Mis viejos eran la cabeza de esta casa”.

Aún no se animan a pensar en el futuro. “Terminé el secundario y estoy en un terciario para recibirme de administradora contable. Tenía planes con mi novio para irnos del país. Ahora está complicado”, dice Tamara.

Giuliana sólo piensa en sus hermanas, quiere que “no les falte nada”. Ahora es la beba la que balbucea y concentra toda la atención. Es hermosa, tan llena de vida.

“Cuando crezca –dice Tamara– vamos a repetirle algunos de los consejos que nos dieron mamá y papá: Estudien, no se peleen, apóyense y sean unidas”.

Por decisión de las hijas, las tumbas de Ceci y Fito están ubicadas una frente a la otra. Sobre las lápidas, han colocado una foto, la misma imagen que Giuliana lleva tatuada en su brazo.

Aparecen acurrucados, mejilla contra mejilla. Sonríen, son eternamente jóvenes.

La ley Martina

La conmoción que causó en San Juan el caso de las hermanas Guevara Rivas fue la génesis de un proyecto de ley nacional para otorgar una pensión a los huérfanos del Covid en la Argentina. Fue impulsado por dos uniones vecinales y lo presentó en el Congreso el diputado Walberto Allende.

Cómo ayudarlas

A finales de 2020, los Guevara Rivas instalaron un local de comida para llevar en una habitación de la casa de la abuela. Y en enero de este año consiguieron la concesión de la cantina del club Pacífico, donde toda la familia ayudaba preparando pizzas, empanadas, lomos y hamburguesas.

“Tenemos los hornos y todo el equipamiento del local guardado, nos gustaría poder retomar el negocio que fue el sueño de nuestros padres”, dice Tamara.

Las hermanas abrieron una cuenta del Banco Santander Río para los que quieran colaborar: 361698/5. CBU: 0720507188000036169854.

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