Estados Unidos comienza a invadir el espacio

Por: Julian Veron |

Los seres humanos han luchado en tierra, mar y aire. El espacio es un nuevo terreno bélico, pero indispensable para la vida cotidiana. Desde los servicios de geolocalización hasta la banca, las compras, las comunicaciones, las previsiones meteorológicas, la sincronización horaria, etc., las sociedades modernas dependen de los servicios que brinda el espacio. Por lo tanto, es lógico que la libertad de acción en el espacio, inspirada en la libertad de navegación, sea una prioridad estratégica para las naciones modernas.

Con esto en mente, la Space Force de los Estados Unidos, la sexta rama del ejército estadounidense, publicó recientemente un documento detallando sus objetivos. Aunque no hay precedentes de conflictos en el espacio, el plan describe un enfoque articulado y flexible para proyectar el poder en el espacio.

Ciento cincuenta kilómetros sobre el nivel del mar, la atmósfera de la Tierra se vuelve tan delgada que ya no hay resistencia aerodinámica. Este área se conoce como órbita terrestre baja. Así, se pueden aprovechar las características de los vuelos espaciales orbitales. Esta dimensión física tiene tres características únicas. Primero, los objetos en la órbita terrestre baja se mueven a una gran velocidad constante, dando vueltas a todo el planeta en tan solo noventa minutos. En segundo lugar, el cuasi vacío del espacio permite que las señales se envíen y reciban sin obstrucción. En tercer lugar, el vuelo espacial orbital otorga la capacidad de monitorear la totalidad del mundo sin entrar en territorio extranjero. Así, el acceso a la órbita terrestre baja cambia por completo lo que es física y técnicamente posible, y cuando cambian las capacidades, las reglas de juego también deben cambiar.

Más que en cualquier otro lugar, la acción dentro del ámbito físico del espacio depende de las telecomunicaciones, que se componen de nodos y enlaces. Los nodos de la red son los satélites en el espacio, así como las infraestructuras en tierra, incluidas las plataformas de lanzamiento, los centros de control, las estaciones de seguimiento y las antenas. Los enlaces son las vías de transmisión que conectan los nodos. Cuando se sincronizan, estas redes se convierten en poderosas herramientas militares, que ayudan a los sistemas de advertencia de misiles, realizan la vigilancia de los adversarios y proporcionan datos a los sistemas de armas aéreas no tripuladas, como drones y bombas inteligentes.

Sin embargo, estas ventajas se ven atenuadas por un conjunto de vulnerabilidades. Así como los satélites pueden ver la mayor parte de la superficie de la Tierra, ellos mismos están expuestos a armas anti satélites terrestres. Además, la señal de la que dependen es susceptible a interferencias e interrupciones. Peor aún. Ambas tecnologías son relativamente baratas de obtener y representan una amenaza asimétrica para los intereses de las naciones espaciales. Dañando los nodos o interrumpiendo las transmisiones, un adversario puede neutralizar la infraestructura espacial de un estado tecnológicamente superior.

La Space Force o Fuerza Espacial de los Estados Unidos tiene la tarea de combatir tales amenazas. Un documento publicado en 2020, expresó esta tarea en términos de tres “responsabilidades fundamentales”; preservar la libertad de acción estadounidense en el espacio, permitir la letalidad y eficacia entre las varias ramas militares, y proporcionar a la jerarquía militar opciones independientes. La Space Force tiene como objetivo amplificar el «poder espacial nacional» de Estados Unidos, que define como «la capacidad de una nación para explotar el territorio espacial en busca de prosperidad y seguridad». En otras palabras, esta doctrina espacial busca expandir la hegemonía estadounidense en el espacio. Exige el reconocimiento del espacio como un «territorio de guerra» independiente, que puede utilizarse para complementar el poderío aéreo, el terrestre y el marítimo para lograr fines geopolíticos.

La Fuerza Espacial de EEUU. afirma que, al lograr estos objetivos, Washington puede mantener el acceso al espacio libre y estable. Todas las áreas importantes de la actividad humana están sujetas al conflicto, y la forma que adopta la guerra se moldea a las características físicas del campo de batalla. Se dice que el poderío espacial tiene aspectos militares, informativos, económicos y diplomáticos. Sin embargo, la doctrina de la Space Force se centra en la capacidad militar e informativa del espacio.

La violencia física, aunque no ausente, es menos relevante para el poderío espacial que en otros terrenos. Más bien, en un futuro próximo, la Fuerza Espacial de EEUU se dedicará principalmente a recopilar e interpretar información para pasarla a través de la cadena de mando y a otros departamentos militares. Dada la falta de información sensorial directa, la Space Force estadounidense usará los datos para construir una imagen del espacio de batalla físico.

Así que no veremos duelos en el espacio con láseres y naves espaciales, pero el uso ofensivo de los sistemas de información tiene mucho potencial de coacción. Al interrumpir los flujos de información, se podría hacer que un estado no pueda defenderse de los ataques físicos. La amenaza de que se utilicen tales sistemas también podría disuadir a los adversarios de interferir en las redes espaciales estadounidenses por temor a provocar una reacción. Sin embargo, como señala la doctrina de la Fuerza Espacial, maximizar el poderío espacial estadounidense en relación con otros países puede no ser lo ideal.

Otras naciones querrán mantener una proyección de poder relativa en el espacio para su propia seguridad. Así que cuanto mayor sea la huella estadounidense en el espacio, más otras naciones se verán obligadas a involucrarse. Pero aunque un estado esté o no en el espacio, la capacidad de proyectar poder a través del espacio tendrá implicaciones significativas en la forma en que se comportan los gobiernos. Las capacidades legales de sobrevuelo que ofrece el espacio tienen un valor estratégico inmenso. Desde la órbita, un satélite puede obtener información y responder a eventos en un país hostil sin establecer una presencia física o desencadenar contraataques hostiles. Así, los Estados que contemplan acciones hostiles se ven obligados a modificar su comportamiento o gastar recursos para ocultarlo.

Además, los satélites de vigilancia colocados en órbita geosincrónica pueden monitorear permanentemente una sección particular de la superficie de la Tierra, evitando ataques sorpresa con misiles u otras acciones hostiles. También es más fácil para los satélites en órbita monitorear otros satélites, ya que su línea de visión no se ve oscurecida por eventos atmosféricos. Todo esto hace que el espacio sea un territorio de guerra totalmente independiente. Y, a pesar de que la Space Force fue recibida con escepticismo por parte del público, como rama militar, parece necesaria.

La parte final de la doctrina estadounidense aborda la organización de la Fuerza Espacial, enfatizando la importancia de la toma de riesgos calculada, el aprendizaje de los errores y la preparación para el combate. El hecho de que los especialistas en datos de la Space Force no se parezcan a los soldados de ciencia ficción no debe restar valor a la función que realizan. En el fondo, son soldados que deben burlar a los enemigos y asegurar la victoria si fallan otros elementos de disuasión.

Si bien las habilidades técnicas son esenciales, deben complementarse con una sofisticada comprensión de la naturaleza de la guerra. En general, el concepto de poderío espacial es útil para explicar las capacidades aeroespaciales, pero su política también debe adaptarse a la realidad geopolítica. El vuelo orbital ya no es un privilegio de superpotencias, y una doctrina arraigada en el excepcionalismo estadounidense puede no encontrar una audiencia internacional receptiva. Además, la creación de una rama militar independiente con una “cultura de guerra” puede servir para impulsar la política espacial estadounidense en una dirección militarista. Esto puede motivar a potencias rivales como China y Rusia a expandir sus propias capacidades espaciales.

Por ejemplo, China busca crear una alternativa al orden global liderado por Estados Unidos, y la exploración espacial es parte de esa estrategia. La prohibición de Washington de cooperación aeroespacial entre China y EEUU de 2011, que surgió por disputas de propiedad intelectual, ha hecho poco para frenar el programa espacial de Beijing. El país ha podido establecer su propio GPS, conocido como BeiDou, y en 2019 pudo aterrizar su propia sonda en el lado oculto de la luna para recolectar muestras. Además, Beijing y Moscú anunciaron recientemente un plan conjunto para construir una base de investigación lunar.

Aunque estos planes no son de naturaleza bélica, el rápido progreso de Beijing en el ámbito de los vuelos espaciales, impulsado por su creciente poder económico, causa preocupación en Washington. Pero incluso si China no puede igualar las capacidades espaciales estadounidenses, aumentar los costos del programa espacial estadounidense puede ser contraproducente. Las opciones ofensivas, como las armas antisatélite, son mucho más baratas que las opciones defensivas y están al alcance de naciones más pequeñas.

Una exitosa prueba de armas antisatélite realizada por Beijing en 2007 en un satélite meteorológico redundante mostró que China ya tiene esta capacidad. Rusia también ha desarrollado armas láser montadas en camiones, conocidas como «Peresvets», que supuestamente pueden «deslumbrar» a los satélites enemigos, haciendo inútiles sus capacidades de vigilancia y reconocimiento. Por lo tanto, la supremacía espacial puede no ser suficiente para que Estados Unidos neutralice las amenazas terrestres a su red de satélites.

Es probable que, con el tiempo, veamos una expansión del arsenal espacial. Finalmente, la dimensión global de los vuelos orbitales significa que algunos problemas requerirán cooperación internacional. La órbita Baja y la Órbita Geosincrónica están cada vez más saturadas debido a la proliferación de satélites. Actualmente hay más de 6.000 satélites dando vueltas al planeta, y se espera que este número se duplique en los próximos siete años.

Algunas organizaciones internacionales, como la Unión Internacional de Telecomunicaciones, ya ayudan a asignar y regular puntos en la Órbita Geosincrónica, pero a medida que el espacio exterior se vuelve cada vez más concurrido, se necesitará cooperación para gestionar el tráfico espacial. Así como tenemos seguros, tarifas, leyes, operaciones de búsqueda y rescate, etc., que regulan el tráfico marítimo en la Tierra, será necesario establecer instituciones similares para el espacio exterior. El mayor uso del espacio también conlleva mayor basura espacial de gran riesgo, un tema del que hablaré en mi otro canal, Astrum, así que suscríbete allí para no perdértelo.

Por ejemplo, la prueba de armas antisatélite de China de 2007 aumentó los desechos en la órbita baja en un 25%, una acción impensable en el clima geopolítico actual. Por lo tanto, a menos que Washington esté preparado para atajar cada problema por sí mismo, será necesario cierto grado de cooperación. Con todo, la naturaleza de la guerra permanece igual, pero la forma que tomará en el futuro no se puede saber.

Sin embargo, la doctrina espacial de la Space Force le otorga a EEUU un enfoque fundamental para preservar sus intereses espaciales y, al mismo tiempo, deja cierto espacio abierto, una lección adquirida a través de la experiencia. Con el tiempo, las nuevas tecnologías espaciales pueden darle la vuelta al status quo o las nuevas tecnologías terrestres pueden hacer que la doctrina espacial quede obsoleta. O puede que la diplomacia evite que la competencia espacial se intensifique hasta el punto del conflicto.

En cualquier caso, la militarización del espacio planteará muchos desafíos. La adaptabilidad será crucial porque si bien la naturaleza de la guerra sigue siendo la misma, la forma que adopta cambia constantemente.

Fuente: https://peritopolitico.com/estados-unidos-comienza-a-invadir-el-espacio/

También podría gustarte