Ejemplo de superación: trabajando como barrendero se recibió de médico

Dice que la última materia fue un golazo, casi como los siete que hizo Messi en el Mundial de Qatar. La comparación es válida y oportuna. Es lunes por la mañana, la ciudad de Rosario, en Santa Fe, aún no se termina de sacudir de los festejos por el tercer título de la Selección Argentina de Fútbol y Darío Giusepponi empuja su carrito por calle Rodríguez, casi llegando a Gálvez. Desde hace varios años, de lunes a sábados y de seis a doce, camina todos los días 20 cuadras en la zona del parque Independencia barriendo los cordones.

Pocas veces, dice, encontró las calles tan sucias. Y mientras junta en el carro tanto restos de envases como hojas de árboles, repasa también cada uno de los partidos que jugó este año, cuando rindió la última materia que le faltaba para recibirse de médico. Un campeonato propio, jugado con tanto esfuerzo y garra, como el de la selección.

Darío tiene 37 años y se crio en la zona sur, en avenida Francia y Quintana. En un hogar con un papá taxista, una mamá ama de casa y tres hermanos, donde nunca faltó ni sobró nada. Cuando terminó la secundaria, en el Normal Nº 3, quiso empezar a estudiar Medicina, pero por ese entonces la facultad tenía un examen de ingreso estricto, que lo dejó afuera de la carrera.

En 2011 fue por la revancha. Por eso entonces ya tenía tres años trabajando como barrendero en Lime. Los horarios le permitían estar libre después del mediodía y se anotó en el turno noche. Al principio no fue fácil, eran miles de ingresantes, los horarios eran complicados y entender los ritmos de la vida académica le costó. Pero hubo algo más fuerte: “Siempre tuve claro que quería ser médico. Si me preguntan donde quiero pasar el resto de mi vida, pienso en un hospital”, afirma Darío.

Esa confianza y la ayuda del Sindicato de Recolectores, gremio al que agradece varias veces durante la nota, lo empujaron a seguir estudiando. El martes 6 de diciembre rindió su última materia, pediatría. Fue un día de mucho calor, en un consultorio pequeño del Hospital Centenario, donde se enfrentó con un problema complejo: atender a un bebé de seis meses en condición de extrema vulnerabilidad social. Y lo hizo muy bien.

La facultad de Ciencias Médicas es una de las más pobladas de las doce casas de estudio de la Universidad Nacional de Rosario. En el centenario edificio de Santa Fe al 3000, estudian 16.500 alumnos, de acuerdo al último boletín estadístico de la UNR, de los cuales 13 mil cursan la carrera de Medicina. El año pasado ingresaron a la facultad 5.179 personas

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La formación en la carrera de médico es larga, estricta y demanda muchas horas de práctica. Quizás por eso es la facultad de la universidad pública donde compatibilizar horarios de estudio y trabajo es una misión compleja: apenas el 25 por ciento de los estudiantes tienen también un empleo.

“Es muy difícil estudiar y trabajar porque la carrera demanda mucho tiempo de estudio y de cursado, los horarios son muy complicados. Yo cursaba en el turno noche pero tenía materias que empezaban a las 12 del mediodía. Es muy complicado, muchas veces terminaba de trabajar y me iba directo a cursar”, recuerda Darío.

Aun así, tampoco es imposible. “A mí, recibirme me llevó más tiempo que al resto. Varias veces pensé en dejar, pero seguí adelante”, explica y recuerda las veces que rindió una materia cinco veces mal (la penúltima, cirugía), la cantidad de días en los que durmió apenas dos o tres horas o la culpa que sentía cada vez que salía o se juntaba con amigos y le sacaba tiempo a la facultad.

Darío trabaja de 6 a 12, de lunes a sábado. Con un sol que parte la tierra o con una lluvia intensa, recorre 20 cuadras a diario, barriendo los cordones de la vereda. La lluvia molesta, pero el calor se le hace insoportable. En invierno el movimiento ayuda a combatir el frío, en el verano no hay forma de pasarla bien. Este lunes es uno de esos días, por debajo de la gorra con visera color celeste intenso del uniforme se escapan cada tanto unas gotas gordas de sudor.

Lleva más de cuatro años recorriendo las mismas calles del barrio y algunas vecinas ya lo conocen por su nombre. Son las que le acercan un café o una botella con agua helada, según la época del año. También le preguntan por la facultad, quieren saber cuándo se recibe y lo felicitan por su esfuerzo.

“Cuando me recibí, mis compañeros de trabajo festejaron conmigo. Creo que lo sintieron como una victoria suya también”, cuenta Darío. 
Generalmente, afirma, la gente tiene una idea equivocada del barrendero, “nos piensan como personas sin instrucción, algunos nos tratan con algo de desprecio también, por eso creo que mi historia los llena de orgullo”.

Es más, la historia de Darío inspiró a otros recolectores a querer estudiar. Se acercan, le preguntan dónde pueden estudiar o cómo pueden hacer para anotarse en una carrera. “No es raro. Este es un trabajo bien pago, pero muy duro”, afirma y pregunta: “¿Conoces a algún chico que de grande quiera ser barrendero?”.

Más de una vez, Darío recorrió las calles de barrio Cura repitiendo en su cabeza algunos conceptos claves de una materia, como un mantra. El último esfuerzo fue memorizar el calendario completo de vacunación: “Recién nacido: hepatitis B, en las primeras doce horas de vida; BCG, antes del egreso de la maternidad; dos meses: neumococo conjugada, primera dosis, poliomielitis, primera dosis (IPV o Salk), quíntuple o pentavalente, primera dosis, rotavirus, primera dosis; tres meses meningococo, primera dosis. Y así hasta los once años.

El año próximo ya no podrá seguir trabajando. Lo espera el cursado de la práctica final obligatoria, unos 8 meses de experiencias en distintos centros de atención. Después, dice, le gustaría especializarse en cardiología o en emergencias. Se imagina trabajando en algún hospital, “creo en la salud pública y apuesto a ese lugar”, señala. También se imagina ejerciendo en el área de salud del sindicato “es un lugar al que le tengo cariño y que me ayudó mucho para que pueda estudiar”.

Sabe que lo que viene no es un lecho de rosas. “Muchos me preguntan por qué quiero cambiar de trabajo, si con lo que gano ahora estoy bien. Pero el tema no pasa por el dinero, sino por lo que quiero para el resto de mi vida. Desde el día que llegué a la facultad supe que me apasionaba estar en un hospital, en un centro de salud”, cuenta.

Pero por ahora, todo es celebración. Según comenta, hay días en los que aún le cuesta creer que pudo terminar la carrera. “Todavía no caigo que ya haya completado el cursado. Cuando me anoté pensaba recibirme en 2018. No salió así, me llevó más tiempo. Pero es un buen fin de año. Yo me recibí, los chicos de la selección salieron campeones. Es un golazo terminar el 2022 así”, vuelve a repetir y sonríe. Y se pierde entre las calles arboladas de barrio Cura.
 /La Capital

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