Discriminaron a su amigo en un boliche, lo defendió y patovica lo mató a golpes

Martín Castellucci fue asesinado a trompadas el 2 de diciembre de 2006 en la puerta del boliche La Casona de Lanús. Lo mató el patovica José Linqueo Catalán cuando le fue a pedir explicaciones sobre por qué no había dejado entrar al local a uno de sus amigos. El asesino fue condenado a 11 años y 9 meses de prisión, pero salió antes y abrió una escuela de boxeo.

“A nosotros nos interesaba que hubiera una condena y la tuvimos. La merecimos y la merecía la memoria de Martín”, dijo Oscar Castellucci, padre del joven asesinado. Y subrayó: “La otra Justicia sería que esto no pasara más, porque no pasa por una reivindicación individual, sino por lo colectivo”.

La golpiza que le dio Catalán a Martín fue la causa de su muerte, pero el patovica no fue el único responsable de lo que ocurrió. Había dos policías también en ese lugar, que no solo no hicieron nada para evitar que le pegaran al chico, sino que, después de la agresión, arrastraron el cuerpo 40 metros para dejarlo tirado en un cantero y liberar así el acceso del boliche para que la gente pudiera seguir entrando. Actualmente, ellos tampoco están presos.

“Hoy me desperté a las tres de la mañana, como aquel fatídico domingo en que nos llamaron por teléfono para avisarnos que te habían golpeado en la puerta del boliche y que estabas internado, grave, en el Hospital Evita de Lanús”, escribió en las redes días atrás Oscar, al cumplirse el aniversario número 16 sin Martín.

Y completó: “Me quedé viendo como una película estos 16 años que pasaron. Son tantos. Tantas cosas. Día por día. Desde tu pelea perdida por la vida, la partida, la donación de tus órganos, la Asociación, y todo lo que vino después. Sí, como una película, pero conmigo adentro. Ahora, viéndola, me digo (te digo), que hice lo que pude (y, a veces, pienso, que hasta un poco más de lo que pude/puedo). Que lo hice porque, casi egoístamente, quería dejar en esta vida una marquita para que estuvieras orgulloso de mí, como yo/nosotros, estamos siempre orgullosos de vos”.

Discriminación, un golpe fulminante y cuatro días de agonía

Martín tenía 20 años y estudiaba Veterinaria en la UBA aquella noche de verano, cuando decidió con sus amigos ir a bailar al boliche que estaba de moda en Lanús. También era una lamentable costumbre de esa época que el ingreso de los jóvenes a ese tipo de lugares fuera discrecional, según la opinión que tuviera sobre su apariencia física el personal que custodiaba la puerta.

José Linqueo Catalán, experto en boxeo además de patovica de La Casona, hizo uso de su poder entonces y no permitió que uno de los amigos de Martín entrara al boliche, decisión que desató una discusión con Castellucci y su trágico desenlace.

“Su muerte tuvo que ver con un gesto de solidaridad”, afirmó Castellucci padre, haciendo referencia a la actitud que tuvo Martín de salir en defensa de su amigo, al que habían discriminado en la entrada. Para el hombre, ese gesto define lo que fue su hijo en vida. “Era un buen pibe, muy querido. De hecho, el afecto se mantiene a través del tiempo con sus amigos, con quienes seguimos en contacto”, agregó.

“Los testigos coincidieron absolutamente en cuanto a que hubo dos golpes, en cuanto a la violencia de los mismos y en cuanto a los efectos de cada uno”, precisó oportunamente Carlos Espinosa, uno de los abogados que representó a la familia de la víctima. El primero en la zona submentoniana de abajo hacia arriba, que fue el que lo dejó inconsciente, y otro después que lo hizo caer y golpear la cabeza contra la vereda.

Tras la caída, Martín fue trasladado al Hospital Evita, donde murió el 6 de diciembre después de casi cuatro días de agonía.

Las condenas

El juicio por la paliza fatal que recibió Martín llegó en 2009. En sus alegatos, la querella remarcó que Lienqueo Catalán “mintió en varias oportunidades, pero más mintió respecto a sus habilidades como boxeador amateur, corroboradas en su testimonio por Acuña”, el dueño del gimnasio donde trabajaba el acusado.

Finalmente, la Justicia condenó al patovica como autor material del crimen a 11 años y 9 meses de prisión, pero fue liberado tras cumplir las dos terceras partes de la pena, y abrió una escuela de boxeo.

Por su parte, el expolicía Cristian Messina fue condenado a un año de prisión por “incumplir deberes como funcionario público” y Guillermo Guzmán, el otro oficial involucrado, recibió una pena a dos años de prisión en suspenso. En tanto, el dueño de la discoteca La Casona, Atilio Amado, fue sobreseído.

“Entiendo que se cumplieron los términos legales”, apuntó Castellucci, tras lo cual resaltó que para los familiares de las víctimas “el duelo es algo que no tiene fecha de vencimiento”. “Los duelos permanecen siempre de distina manera”, reafirmó.

Sobre la situación en particular del patovica Linqueo Catalán, el padre de Martín subrayó: “Nunca tomo consciencia ni se arrepintió”. Y añadió con resignación: “Supe que se cambió el nombre y trabaja de lo mismo que antes”.

“El cuerpo se transforma en un objeto”

La primera y única vez que Martín Castellucci fue a votar lo acompañó su papá. Fue en las elecciones de 2005, y había una mesa del INCUCAI. Mientras esperaban, hablaron de lo importante que era donar los órganos. “Cuando uno se muere, el cuerpo se transforma en un objeto. Hay que ser muy miserable para no dar un objeto para que otros vivan”, recordó Castellucci que le dijo su hijo. La frase, contundente, volvió a él poco más de un años después, de la mano de la tragedia.

La inmediatez y la masividad de las redes sociales permitió que tiempo después de perder a su hijo pudiera conocer a dos de los receptores de los órganos de Martín, pese a que la ley 24193. de trasplante de órganos y tejidos no lo propicia.

Una de ellas recibió el riñón de la víctima. El segundo receptor, que los contactó por Facebook y recibió el hígado de Martín, vive en la provincia de Tucumán y fue papá después del trasplante. “Fue increíble ver a la nena jugando acá en nuestro living con los juguetes de Martín”, sostuvo Castellucci, que actualmente mantiene todavía contacto con esa familia.

Violencia en la nocturnidad

Tras el crimen de Martín, Oscar Castellucci creó la Asociación Civil que lleva el nombre y 2008 logró la sanción de la Ley 26.370, que regula la habilitación del personal que desempeña trabajo de control de admisión y permanencia de público en bares, pubs, discotecas y otros lugares de esparcimiento.

Después de más de una década, se propuso un nuevo objetivo: generar “salidas seguras” para los jóvenes, el control de los patovicas y las situaciones de violencia que se registran que, muchas veces, involucran a empresarios y fuerzas de seguridad. Para eso, busca la creación de una Agencia Nacional de Nocturnidad.

“Si los familiares de las víctimas no toman la iniciativa y se transforman en especialistas del tema, esto no entra en la agenda política”, cuestionó Castellucci, que en noviembre pasado dejó en Diputados el proyecto para la nueva ley.

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“Esta es la última pelea que damos”, tras señalar que con el transcurso el tiempo no solo “se vuelve más viejo sino también más frágil”. Oscar Castellucci ya se jubiló de sus actividades y cada vez son más las ocasiones en las que siente que “el hilo del carretel se va terminando”. No obstante, no deja de soñar con un futuro en el que lo que le pasó a Martín ya no le suceda a ningún otro chico. “Una ley no impide que pasen las cosas, pero ayuda a prevenir”, concluyó.

En nombre del hijo

En el último aniversario del crimen de su hijo, Oscar Castellucci publicó un conmovedor mensaje en sus redes sociales. El texto completo:

“Martín:

Hoy me desperté a las tres de la mañana como aquel fatídico domingo en que nos llamaron por teléfono para avisarnos que te habían golpeado en la puerta del boliche y que estabas internado, grave, en el Hospital Evita de Lanús. Y me quedé despierto. Me quedé viendo como una película estos 16 años que pasaron. Son tantos. Tantas cosas. Día por día. Desde tu pelea perdida por la vida, la partida, la donación de tus órganos, la Asociación, y todo lo que vino después. Sí, como una película, pero conmigo adentro. Ahora, viéndola, me digo (te digo), que hice lo que pude (y, a veces, pienso, que hasta un poco más de lo que pude/puedo). Que lo hice porque, casi egoístamente, quería dejar en esta vida una marquita (aunque fuera así de chiquitita) para que estuvieras orgulloso de mí, como yo/nosotros, estamos siempre orgullosos de vos. Sólo el tiempo dirá si pude o no.

Pero quiero también que sepas, que ese tiempo que pasa (y que deja menos hilo en el carretel), hace que ahora los golpes te entren más fácil (y mentira eso de que te acostumbrás). Y que, aunque conservo esa rareza de que, como digo siempre, donde me plantan una decepción o un fracaso, me crece una esperanza, ahora me cuesta un poco más. Porque ahora, cada noche, cuando me acuesto, me digo “Bueno, ya está”; pero cuando me despierto y me levanto, de algún lado me aparecen las ganas de seguir. De empecinado, nomás. Y que acá sigo estando, más frágil, pero con las mismas convicciones y con vos clavado en el corazón”.

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