De ganar un Martín Fierro y protagonizar Chiquititas a trabajar en una ferretería y recibirse de guardavidas y paramédico: la vida de Sebastián Francini

Comenzó a trabajar de muy chico, haciendo publicidades y la popularidad le llegó con Chiquititas, donde le dio vida al simpático Nacho en la ficción que protagonizaba Romina Yan. Su destacado trabajo en la serie creada por Cris Morena le valió el reconocimiento de Aptra, que le dio el Martín Fierro a la mejor labor infantil. Luego, Sebastián Francini (32) seguiría ligado a éxitos televisivos como Poné a Francella, Máximo corazón y Frecuencia 04, a la par que en cine brillaba en las películas Papá es un ídolo, Chiquititas: Rincón de Luz y Un hijo genial.

En teatro, participó en más de 20 obras pero sin dudas la que más trascendencia tuvo fue El Principito, que Francini hizo durante varias temporadas. Luego tuvo un impasse en su carrera artística y cuando logró sanar cuestiones vinculadas a su vida personal, volvió al ruedo. Actualmente forma parte de la obra de José María Muscari, con el elenco que está de gira por toda la Argentina: Ginette Reynal, Christian Sancho, Celeste Muriega, Mario Guerci, Valeria Archimó y Maxi Diorio, entre otros artistas Pero antes de hablar de su presente, que lo tiene muy entusiasmado, Sebas repasó su historia.

-¿A qué edad debutaste en el medio?

-Tenía cuatro años, con una publicidad e institucionales para el Día del Padre y de la Madre para canales como Telefe y Eltrece. Fui la cara de C&A cuando vino a la Argentina y como estaba en diferentes agencias de chicos, me iban llamando. En 1997, ingresé a mi primera ficción que fue Cada día te quiero más, con Miguel Habud, Verónica Varano y Coco Sily y que tuvo su primera temporada en Eltrece y la segunda en Azul Televisión, hoy Canal 9. Estuve solo el primer año porque luego salté a Chiquititas.

-¿Cómo entraste en Chiquititas?

-Siempre me presentaba en los castings multitudinarios de Chiquititas, llegaba hasta el final y no me elegían porque era tan chico que no podía retener la letra de memoria. En el 97 me presenté y quedé para ingresar en 1998, que fue la última temporada de Romina Yan y Facundo Arana. Ahí le di duro y parejo hasta el último año de Cris Morena; luego ella se fue a América y yo firmé un contrato de exclusividad con Telefe por 10 años. Ahí llegó El Principito, la película con Francella, la de Chiquititas, el Martín Fierro y otras cosas que pasaron.

-¿Qué te pasa hoy cuando te ves actuando tan chiquito como Nacho man?

-Me río y me causa ternura. Para ser uno de mis primeros trabajos, en un programa tan importante como era Chiquititas, creo que estuvo muy bien y ese personaje que hacía era un niño que soñaba con salvar a la humanidad. En ese punto me conecto bastante porque así es el Sebas de ahora. En lo personal, como artista de la sociedad que intento ser, tengo la misión de poder ser un buen comunicador y contagiar a las personas con los buenos mensajes que intento dar a través de mi música y a través de las obras de las que formo parte. Los artistas tenemos una misión social mucho más importante que ser famosos o convocantes.

-¿Estudiabas teatro o fuiste aprendiendo sobre la marcha?

-Fue todo vocación. Soy un pibe que se formó desde el oficio y en la adolescencia, cuando tuve más tiempo, me metí a estudiar teatro y canto. El Principito me puso al frente de un espectáculo recontra protagónico, tenía mis limitaciones vocales y eso me generaba mucha angustia porque al lado tenía a Juan Carlos Baglietto, Patricia Sosa y Flor Otero, entonces me puse a estudiar con todo. Soy de virgo, súper exigente y vengo de la escuela de Cris Morena, a quien le debo todo porque me forjó de la mejor manera.

-¿Con quién vivís?

-Solo en la casa que era de mis abuelos maternos, en Villa Celina. Mi abuela Olga falleció en 2009, mi abuelo Teodoro a fines de 2019 y yo ya vivía con él después de que se quedara viudo. Fueron años en los que estuve un poco alejado de la actividad artística, dedicado más que nada a profundizar y esclarecer los vínculos con la familia. Vengo trabajando mucho desde chico, la vida me puso enfrente circunstancias que tuve que superar y así pude fortalecer el vínculo con mis padres, por ejemplo. Cuando mi abuelo falleció, la familia acordó dejarme la casa para que yo viva allí y estoy muy cómodo. Tengo una perra pitbull, Nala, que demanda mucho espacio para correr y gastar energía y en la casa estamos muy bien.

-¿Ellos a qué se dedicaban?

-Mis abuelos tenían una ferretería de más de 80 años en el barrio y mi abuela era la que más se dedicaba al negocio. Cuando ella falleció, mi abuelo se sintió un poco perdido porque no tenía pasta de comerciante y me terminé haciendo cargo yo del local. Justo estaba en un momento más con la familia y no tan activo en lo artístico, entonces me fui a vivir con él y me hice cargo del negocio. Eso fue de mis 20 a los 25 años, hasta que me di cuenta de que estaba perdiendo tiempo en lo mío, acordamos con la familia vender el fondo de comercio y retomé la actuación.

-¿Te arrepentís de haberte corrido del medio?

-No porque lo necesitaba en ese momento. Estaba en la etapa de la pre adultez y me empezaba a enfrentar con las dudas existenciales: hacia dónde uno va, quién quiere ser, qué quiere ser… Justo coincidió con que mis papás se estaban separando, la situación familiar estaba delicada y no podía continuar con mi carrera artística sin antes resolver lo que era más importante para mí. Fue re loco porque a partir de resolver esas cuestiones, todo se volvió a encauzar naturalmente. Lo laboral, lo económico, la pareja y la felicidad dependen directamente de cómo uno triunfa en el aspecto personal con el sentido de gratitud para con los padres y la familia.

-¿Sos el hijo mayor?

-Sí, soy el mayor de tres. Tengo 32 años, me siguen Nicolás (30), que es comerciante, y Maia (24), quien estudió teatro en Timbre 4 y ahora está enganchada con su carrera de Abogacía en la UBA. Es más, es ayudante de cátedra en la materia Derecho Penal. Soy el único artista de la familia. Mi papá, Claudio, es comerciante y mi mamá, Marta, es técnica bioquímica.

-¿Con tus papás sanaste todo?

-Sí, recontra. Con mi papá estuve siete años sin hablarme y gracias a que conocí el Budismo, me di la oportunidad de elevar mi estado de vida y abrazar a mis papás, entendiendo que son seres humanos y que lo que hicieron fue con todo el amor del mundo. No hay un manual sobre cómo ser padres y cuando uno es chico a eso no lo ve. Superé prejuicios, angustias y circunstancias de la vida que me tocaron vivir y trascendí todo eso. Con mi viejo somos muy parecidos, nos hicimos mucho daño y pudimos reestablecer ese vínculo tan importante para mi felicidad y la de él.

-¿Sufriste esa distancia?

-Mucho y esos siete años que no me hablé con mi papá fueron los años más críticos, en los que todo el mundo me adjudica que desaparecí, me perdí y no me llamaron más. En realidad, nunca dejé de trabajar. Tal vez laburé en proyectos menos expuestos y con cooperativas de teatro más chicas pero siempre estuve vinculado al ámbito artístico.

-¿Cómo afectó tu ego el haberte bajado de la cresta de la ola?

-Fue re difícil porque pasé de hacer funciones llenas en el Gran Rex con Chiquititas a vender bulones detrás del mostrador en la ferretería familiar. La gente me preguntaba qué hacía ahí y por qué no me llamaban más para actuar, lo cual me generaba puntadas en el estómago. Tuve mucha angustia y frustración pero a su vez me hice cargo del negocio porque fue un gesto de amor y de agradecimiento para con mis abuelos. En ese tiempo, además me recibí de guardavidas y de paramédico.

-¿Sos guardavidas?

-Sí, claro, recibido en la Escuela de Guardavidas de la Municipalidad de La Matanza. Trabajé como guardavidas en Las Toninas, Santa Teresita y La Lucila del Mar. Lo gracioso es que la gente me reconocía cuando iba al rescate y en ese momento de repente la gente dejaba de ahogarse para preguntarme: “No lo puedo creer, ¿sos el de Chiquititas?”. Muy loco.

-¿Trabajaste de paramédico?

-Bueno, el rol de guardavidas en la playa no solo es el rescate sino la prevención y los primeros auxilios; por ende, sí. La respiración boca a boca, el masaje cardíaco y ahora el uso del desfibrilador… sí, sí.

-¿Te costó sacarte de encima la mochila de Chiquititas y el miedo de quedar encasillado?

-Un poco, sí. No te voy a mentir. Me costaba eso cuando hacía un montón de otras cosas para demostrar que era mucho más que el actor de Chiquititas pero de repente solo reparaban en ese trabajo. Es cierto que Chiquititas marcó a una generación y fue muy fuerte, lo cual es lógico que también me recuerden mucho por ese trabajo. Lo último que hice en televisión fue en 2007 Romeo y Julieta, que salió por Canal 9 y no lo vio casi nadie. Desde entonces, no volví a trabajar en televisión.

-¿Extrañás la tele?

-Cero. Nada. Amo el teatro y pude consolidarme sobre los escenarios, que es donde más cómodo me siento. Es más, me siento un actor de tablas, como también decía Fernando Peña. A principio del año pasado tenía la meta de retomar mi carrera artística y recibir un proyecto que me generase las mismas mariposas en la panza que me generaban otros proyectos. Y que la gente que se quedó con mi imagen de chico, me pueda descubrir desde otro lugar. Pocos saben que me convertí en un cantante que hace sus propias canciones, por ejemplo.

-¿Estás sacando temas?

-Sí. Aparte de lo que conocen de mí, tengo a mi artista musical que se llama Francini, como mi apellido, y hace poquito lanzamos una colaboración con Alex Batista. Estoy por sacar ahora el primer video oficial, que es una session en vivo con toda la banda en mi canal de YouTube. No solo hago teatro y me cuesta encasillarme en un solo lugar. Apareció la música y me encanta porque puedo ser muy genuino a través de mis canciones. Escribo letras, tengo una banda maravillosa y me tengo mucha fe.

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